De pobres, oprimidos y perdón: los primeros mensajes del Papa Francisco en su visita a Chile

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Más de diez horas de actividades seguidas, así esperó Santiago de Chile al Papa Francisco, quien se desplazó por toda la capital cumpliendo con las actividades cronogramadas en su agenda. La misa multitudinaria y el encuentro con los líderes de la iglesia católica fueron de los puntos centrales de la jornada.

Pasadas las 8.20 de la mañana se dio comienzo a la primera ceremonia oficial de Francisco I en Chile. El Papa visitó La Moneda para encontrarse con líderes políticos, religiosos y sociales del país. En su discurso pidió perdón por los abusos sexuales cometidos por la Iglesia Católica, enfocando sus palabras en los niños y jóvenes mancillados por miembros del clero.

También tuvo tiempo para referirse a los pueblos originarios, atender sus derechos, muchas veces olvidados, declaraciones que podrían ser leídas como un antecedente de la jornada que este miércoles iniciará en Temuco.

Desde La Moneda, y luego de reunirse con la presidenta Michelle Bachelet, se desplazó al Parque O´Higgins, era hora del primer encuentro cara a cara con los feligreses. Antes, de pequeños grupos, habían salido a las calles a saludarlo, viéndolo pasar rápidamente y con un gran contingente de seguridad.

La misa de las cuatrocientas mil personas

Dos de la mañana y las puertas del Parque O’Higgins se abrieron para que ingresaran los primeros feligreses al lugar. Muchos llevaban más de cuatro horas esperando. Llegaban en buses desde sus parroquias, caminando, en autos que estacionaban a cuadras del recinto o en Metro.

El movimiento de personas en las estaciones Rondizzoni y Parque O’Higgins hacía que la madrugada pareciera una mañana cualquiera, muy lejos de la tranquilidad de un día feriado.

Cuatro puertas habilitadas, rodeadas de vendedores ambulantes que ofertaban banderas, llaveros, calendarios y desayunos. En el interior, el Parque estaba dividido en más de diez sectores que a las ocho de la mañana se encontraban prácticamente llenos.

Las puertas cerraron y comenzó la expectación. Desde pantallas gigantes mostraban cada uno de los pasos de Jorge Bergolio: la salida de la Nunciatura Apostólica, el encuentro con Michelle Bachelet, sus palabras para los niños abusados por sacerdotes de la Iglesia. En silencio, los fieles escuchaban, para luego comentar sus expectativas.

Entre los asistentes destacaron los extranjeros. Se identificaban venezolanos, paraguayos, colombianos, brasileños y argentinos. Estos últimos justificaban a Jorge Bergolio por no visitar su país. “Él tendrá sus razones. De cualquier forma nosotros lo vamos a seguir”, decían.

Algunos llevaban un tiempo residiendo en Chile, mientras que otros viajaron exclusivamente para presenciar la misa. Los más jóvenes también planeaban asistir al encuentro que presidirá en Maipú este miércoles durante la tarde.

En la pantalla, se veía cómo Francisco I abandonaba La Moneda y se acercaba al Parque. Señal para que Carabineros junto a los cientos de voluntarios que se distinguían por gorros amarillos, comenzaran a ordenar a las personas en los respectivos sectores.

Así, los caminos que dividían estos espacios quedaron desocupados y a la espera del Papa. Ingresó por calle Beauchef. Los pañuelos blancos y las banderas del Vaticano que las personas hacían flamear anunciaban su paso entre los sectores del Parque, generando la euforia de más de cuatrocientas mil personas, que se acercaban a las vallas con la esperanza de ver de cerca al líder de la Iglesia.

Diez veinte de la mañana. La misa comenzó con la clásica persignación. Los fieles escuchaban atentos la homilía del Papa y aplaudían cada vez que Francisco hablaba de paz. Las respuesta a coro, daban cuenta de la masividad del encuentro.

Entre los silencios que se utilizan para orar, se oyó el grito de un asistente que exigía justicia para los 81 presos de San Miguel, que perdieron la vida en un incendio al interior del penal hace más de ocho años. “¡Papa Francisco, en Chile aún se tortura en las cárceles!”, advirtió el grito.

Fue la única interrupción de la eucaristía. Al interior del Parque todo fluyó con normalidad, según lo presupuestado. Sin embargo, al salir, Carabineros cerró el acceso más cercano a la estación del Metro Parque O’Higgins, desviando a las personas hacia Avenida Viel para que se dirigieran a Rondizzoni.

Según señalaron, se trababa de una manifestación que tenía cortada Avenida Matta. En el lugar se observaba un gran contingente de fuerzas especiales. Era la marcha de los pobres que venía desde Vicuña Mackenna con la intención de llegar al Parque y denunciar los abusos de la Iglesia. No obstante, a cuadras del lugar la represión impidió dicho propósito.

En tanto, fuera del recinto lo laicos de Osorno protestaban contra el obispo Juan Barros, a quien se le acusa de encubrir los crímenes de Fernando Karadima. A los manifestantes que levantaban pancartas con la frase “Ni zurdos, ni tontos”, se unió Mariano Puga, párroco de Villa Francia.

Barros participó de la Misa, pero las pantallas nunca lo enfocaron, por lo que para los asistentes pasó casi desapercibido. En general, los feligreses quedaron conformes. Algunos, con la esperanza de que la visita del Papa logre cambiar una Iglesia que hoy parece “más cercana a las élites que al común de las personas”.

Su mensaje, la prédica, tuvo un tono poético. Las Bienaventuranzas fueron el marco brillantemente escogido por el argentino para poner a Chile en palabras. La desigualdad, el neoliberalismo, la marginalidad de los pobres, la migración y los pueblos originarios, todos fueron abrazados en una homilía que al calor del recuerdo del Cardenal Silva Henríquez, San Alberto Hurtado y el propio Pablo Neruda, lograron retratar un Chile que el jesuita conoce bien.

“En Chile se encarcela la pobreza”

La emoción también alcanzó al Sumo Pontífice. El hombre, acostumbrado a las diferentes actividades que, visita tras visita, preparan los comités organizadores, fue tocado por las palabras de las presas de la cárcel de mujeres en Santiago.

Eran pasadas las 16.00 horas cuando arribó al recinto. En una especie de salón multiuso de la penitenciaría lo esperaban cientos de presas agolpadas en sus gradas. En sus brazos, lactantes, pequeños hijos que hasta los dos años tienen la posibilidad de permanecer al lado de sus madres, vínculo abordado por ellas y por él.

El silencio se rompió con las palabras de la hermana Nelly, encargada de la pastoral del lugar: “En Chile se encarcela la pobreza”, dijo la religiosa antes de dar paso al testimonio de una de las reclusas que habló de la maternidad, de la sociedad encarcelada y de las nuevas generaciones.

“Gracias, gracias, muchas gracias”, se le oyó decir al Papa mientras doblaba el papel que tenía en la mano. El discurso, que fue reemplazo por otro, se centró en el perdón, en la bendición, en la misericordia y en la libertad. “Dejemos de pensar que el mundo se divide entre buenos y malos”, dijo, profundizando en una de las líneas comunicacionales de su pontificado. El error le hace bien a la iglesia, la misericordia puesta en el centro de la acción, algo que se le ha visto reiterar desde que llegó al Vaticano.

“Pueden privarlas de la libertad pero no de la dignidad. Nadie puede ser privado de la dignidad. Estar privadas de la libertad no es sinónimo de pérdidas de sueños y esperanzas”, agregando que “es muy duro y doloroso. La dignidad no se toca, se cuida, se custodia, se acaricia. De ahí que es necesario luchar contra todo tipo de corsé, de etiqueta que diga que no se puede cambiar, o que no vale la pena, o que todo da lo mismo”.

“Las familias se han visto traicionadas por la iglesia”

“Papa, aquí, aquí” gritaba una mujer a las afueras de la catedral. Mientras Francisco pasaba en papamóvil por fuera de la Catedral. Migrantes, chilenos, banderas amarillas, todos juntos se reunieron para acompañar, desde lejos, la visita que el Sumo Pontífice tenía con su familia extendida: sacerdotes, seminaristas, religiosos y consagrados.

Adentro, todos los purpurados se dispusieron en la primera fila de la catedral. Todos esperaban el mensaje, incluso Juan Barros, el obispo de Osorno, acusado de encubrir los abusos sexuales de Fernando Karadima. Lo de La Moneda sirvió para adelantarse a cómo vendría la conversación, algo que al diaconado no le inquietó.

“Sigo con atención lo que hacen”, les dijo para referirse a la forma en que la iglesia, y principalmente sus líderes, han llevado el tema de los abusos a menores al interior de la fe católica. Acto seguido los emplazó: “Las familias han visto traicionada la confianza que habían depositado en la Iglesia”.

En su reflexión separó a justos de pecadores. “Sé que han sufrido insultos en el metro o caminando por la calle, que ir vestido de cura en muchos lados se está pagando caro”, les dijo sin perder de vista el centro de la conversación. Era tiempo de hablar aquello que los fieles reclaman.

Afuera, el grupo “ni zurdos ni tontos” seguía pidiendo la salida de Barros. Comentaban en la Plaza de Armas que el perdón era un primer gesto, más bien esperaban al menos una reunión para conversar. Cara a cara, los laicos de Osorno quieren que Francisco I les explique por qué, pese a los antecedentes, el obispo se mantiene en su lugar.

Con ellos también los migrantes, quienes desde la noche anterior mantenían una vigilia con un único propósito: lograr la amnistía migratoria, cuya idea es pasar de irregular a regular a todos aquellos que han viajado a Chile desde el extranjero.

Al final del día, una reunión con sus hermanos, los jesuitas. En el santuario de San Alberto Hurtado no solo lo esperaban los compañeros de fe, sino también “cristos pobres” decenas de residentes de las hospederías del Hogar de Cristo para escuchar el mensaje del pastor. Ahí, entre los asistentes, Mariano Puga, el cura párroco de la Villa Francia: “El Papa nos recordó que la iglesia de Jesús es la de los pobres. La de los hambrientos de justicia, la de los misericordiosos y de los constructores de paz. Por ser a favor de las no distinciones de ningún tipo, por buscar un mundo nuevo, la Iglesia y los cristianos, van a ser perseguidos, odiados y calumniados” dijo el sacerdote recordando las palabras de la homilía.

“Estos años hemos hablado mucho de las traiciones al evangelio, Hoy el Papa pidió perdón y dijo que sentía el dolor de las contradicciones de la Iglesia. Hoy, acá, en el Hogar de Cristo, está la riqueza de la iglesia de Jesús. La riqueza son los pobres, los últimos, no los curas, no los obispos; la riqueza de esta iglesia son los botados en las calles, los organizados en las poblaciones, esos son el rostro verdaderos de la Iglesia católica. Dejen de entrevistarnos a nosotros y mírenlos a ellos”, les dijo a los periodistas agolpados en el lugar antes de pararse para poner fin a la improvisada conversación.

(Radio Universidad de Chhile, por P. Campos y K. Palma)

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