Latinos en Noruega: En esta crisis podemos ser la roca

Escrito por Silvia Gurrola
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En Noruega, la curva de infecciones de COVID-19 prácticamente se aplanó y, aunque aún no podemos cantar victoria, la flexibilidad de las restricciones nos da un respiro y reduce nuestra ansiedad.

Si bien el paulatino regreso a la normalidad —o mejor dicho a la “nueva normalidad”— no es tan amenazante para quienes radicamos en Noruega, quienes venimos de países que están siendo severamente golpeados por la pandemia, aún mantenemos un alto nivel de estrés. Aunque a ratos nos sentimos seguros y nuestras rutinas se están reestableciendo, no es posible abstraernos del impacto que la crisis tiene sobre los nuestros y nos duele saberlos distantes. Reconocemos que, en caso de urgencia, viajar para estar con nuestras familias podría significar una verdadera odisea.

Estar al pendiente de los efectos de la pandemia, no nos ha permitido bajar la guardia. Seguir en un estado de alerta constante nos drena, nos desgasta, pero muy dentro de nosotros sabemos que no podemos claudicar. Si bien tenemos todo el derecho de quebrantarnos, de reconocer nuestras vulnerabilidades y de solicitar ayuda, también es cierto que encontrar un propósito ante esta crisis nos renueva, nos llena de valor y nos brinda la energía necesaria para perseverar.

A pesar de que el desempleo se triplicó y que en el caso de población migrante la tasa oscila entre el 17 y el 20% —5.7 puntos porcentuales por encima de la media nacional—, somos privilegiados por poder llevar pan a nuestra mesa; por poder solicitar apoyo gubernamental en caso de desempleo; y por tener acceso a servicios médicos de calidad sin temer a la quiebra. Aunque muchos de nosotros nos veamos forzados a apretar nuestros cinturones, a diferencia de muchos países, la posibilidad de terminar como indigentes es por demás remota.

Nuestra condición relativamente privilegiada conlleva también a una responsabilidad; me refiero al deber ante seres más vulnerables que nosotros. Podemos convertirnos en el sostén para quienes necesitan una palabra de aliento —y con esto no me refiero a solapar el pesimismo o la auto lástima de quienes procuren nuestro apoyo—, está en nuestras manos ofrecer un consejo honesto y solidario y también está a nuestro alcance prestar nuestros oídos para escuchar o un “hombro virtual” a quien requiera nuestra comprensión. Otra forma de apoyar sería facilitando información fidedigna o mostrando carácter para parar en seco la circulación de información conspiratoria, amarillista o de odio, pues la desinformación y la propaganda, sólo incrementa el pánico, la angustia y el caos.

Para ello tenemos que estar al tanto de nosotros mismos, porque no se da lo que no se tiene, por lo que es esencial que nos reapropiemos del arrojo necesario para perseverar. Sólo así podremos ser la roca para quienes se encuentran en una condición más vulnerable que la nuestra.

Gobiernos e instituciones internacionales como la Organización de las Naciones Unidas, han llamado a esta crisis una guerra contra el enemigo: el COVID-19. En lo personal, me parece desproporcionado ese lenguaje, pero sí creo que para lidiar con esta crisis mucho nos ayudaría apropiarnos de una actitud guerrera. Y como cada quien pudiera tener un concepto diferente de lo que esto significa, quisiera partir del concepto milenario de la cultura japonesa sobre los samuráis, quienes viven la batalla —en este caso la crisis que tenemos que enfrentar— como un camino colmado de valores para ser digno. Estas son las siete virtudes y enseñanzas que exalta:

1. El coraje. Sólo cuando se tiene coraje se puede ser libre. Es el coraje lo que permite vivir plenamente, sin las ataduras que impone el miedo. El coraje no es arrojo ciego. Para que sea verdadero, debe estar acompañado por la inteligencia y la fuerza. El miedo existe, pero no debemos dejarnos vencer por él. En lugar de esto, debemos reemplazarlo por la precaución y el respeto. Así emergerá el verdadero coraje.

2. La cortesía. En el camino del guerrero la cortesía no es simplemente un conjunto de gestos amables o de buenas maneras. La cortesía es, ante todo, respeto y consideración por el otro, sin importar las circunstancias. Esta virtud muestra carácter y mucha fuerza interior.

3. La compasión. Esta virtud no es solamente un sentimiento, sino que se debe traducir en acciones concretas. Siempre que se pueda ayudar a alguien, debe hacerse. Y si no se cuenta con la oportunidad de ayudarlo, hay que salir a buscar esa posibilidad.

4. La justicia. Ser justo es buscar actuar siempre de la manera correcta. Esto no debe depender de lo que digan los otros, sino de la propia persona. Cada quien sabe en su corazón qué es lo justo y qué no. Solamente debe seguir esa luz que emana de sí mismo.

5. La lealtad. Esta virtud comienza con la lealtad hacia uno mismo, de ahí que se deba tener gran sentido de responsabilidad antes de actuar o de expresarse. Esto solo es posible para quienes son completamente sinceros consigo mismos y con los demás.

6. La palabra. Para los samuráis la palabra tiene un inmenso valor. No se habla por hablar, ni se dice por decir. Por eso en el camino del guerrero las palabras son totalmente equivalentes a los actos.

7. El honor. La virtud más grande de todas es el honor. Ser honorable significa actuar con rectitud, sin importar las circunstancias. Esto implica no permitirse caer en comportamientos poco éticos o despreciables.

Hoy, más que nunca, el dicho “mente sana en cuerpo sano” cobra un valor imperativo porque los tiempos que se avecinan no serán sencillos. Ansiar volver a la normalidad es un auto engaño.

El mundo ha cambiado. La realidad apela a nuestra civilidad, a nuestra capacidad de adaptarnos y reinventarnos.

Recordemos que resignificar el dolor que nos causa la pérdida, el dolor y el sufrimiento transmuta nuestro sentido de “minusvalía” y saca el coraje, el temple y la fuerza necesaria que nos impulsa a servir. Solidarizarnos con los demás causa regocijo, aumenta nuestro sentido de pertenencia y nos devuelve honor y el privilegio de servir aún en la distancia.

Acerca de la autora

Silvia Gurrola es pedagoga y psicoterapeuta especializada en la prevención de la violencia de género. Es autora de novelas pedagógicas y cuenta con más de 20 años de experiencia de trabajo en países como Armenia, Estados Unidos, Ghana, Georgia, Guyana, Honduras, México, Mozambique, Nigeria, Noruega, Tanzania y Zambia.

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