Esta vez el poeta se fue en serio - Homenaje a Jorge Romero

Escrito por Yanina López
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“Apenas se calme un poco esta weá (la pandemia) nos juntamos pa’ un cafecito”, me dijo en una conversación telefónica hace un mes. Hablaríamos de un nuevo libro suyo (con planes para publicarlo el 2021). Habíamos tomado muchos cafés antes y más de una ocasión me quedé sentada esperándolo. No era raro que Jorge no llegara. A veces, se equivocaba de lugar y otras, simplemente, se dormía en las suyas.

Ahora, con restricciones a causa de la pandemia o sin ellas, no podremos tomarnos el café sugerido porque, Jorge, esta vez se fue en serio. Se fue para no volver en carne y hueso. Ya no está entre nosotros respirando este aire medio asfixiante del mundo convulsionado y pandemizado en que vivimos. El viejo poeta solitario, cascarrabias y bueno pa’ la talla, chilenazo, de humor sarcástico hasta el infinito, partió a los parajes del sueño eterno desde un sillón en su casa. No sé bien a dónde se fue, pero imagino que ha ido a encontrarse con escritores que admiraba y con los asesinados por la dictadura chilena; a quienes él no olvidaba. Querrá seguir escribiendo como le gustaba hacerlo, como lo hizo durante tantos años en Radio Latin-Amerika.

Jorge Romero, periodista y escritor, exiliado chileno. Miles y miles de palabras suyas andan por ahí, en periódicos y revistas, formando parte de la herencia cultural que nos dejan los hacedores como él; los que escriben para que el exilio no sea en vano.

El año 2019, después de meses de trabajo, de reuniones y amables discusiones, en OTRO Forlag publicamos su libro: “Duele, luego existo”; su primer libro de poesía y relatos. Fue una fiesta ver el brillo de sus ojos cuando tuvo el libro impreso en sus manos. Repartió ejemplares por todas partes. Le daba lo mismo venderlos o no. No le importaba el dinero. Su amor por la literatura era muy superior. De nada servía regañarlo, pues él era el viejo más testarudo del planeta y también el más generoso.

Jorge, el poeta que reflejó en sus poemas el dolor propio y el ajeno, vivió un exilio desgarrador. Como cuchillo filudo, el destierro fue cortando sus días y sus noches en pedazos imposibles de unir en un todo que le hiciera sentido. La larga espera lo fue dejando solo en su isla; solo hasta sumergirlo en su último sueño. Pero, Jorge, en su inigualable complejidad, supo también de amores incondicionales.

Me llamó un día para hablar de los acontecimientos en Chile; de ese despertar popular que lo llenaba de esperanzas. Atento a los hechos, expectante, soñando con un cambio que hiciera justicia, que dignificara la vida y el futuro de ese pueblo tan suyo, escribiría sobre el fenómeno sociopolítico chileno. El 25 de octubre vino a Oslo y puso su voto en una urna para acabar con la constitución ilegítima de Pinochet. Se hizo parte de ese 80% que exige una nueva constitución para Chile. Hay que dar todas las peleas, solía decir.

En otra ocasión, me llamó para contarme que su hija había obtenido un doctorado. Él, padre de una joven científica, se sentía tan feliz que hasta podía bailar una cueca, a pesar de su “pata coja”. Probablemente, los últimos rostros que soñó en su viaje final fueron los rostros de sus hijos y nietos, de quienes siempre me habló con ternura y amor.

Jorge, genuino amante de la poesía

Existir, dolía. Lo sé, amigo. Sé que caminabas como podías y que buscabas una nube que atenuara ese dolor existencial abrumador que te inundaba el alma. Rojo tinto para ese dolor superior al del pie y de la cadera que te mantuvo buen tiempo “cojo y desencajado”, como decías.

Tu mayor virtud era la de no ostentar virtuosidad alguna. Te apreciamos como el hombre complejo que eras. En ocasiones ponías todo patas pa’ arriba y eras capaz de mandar todo a la porquería, a veces con justicia y a veces de porfiado no más.

Gracias, Jorge, por el intercambio jugoso de pareceres, de puntos de vista, de letras bien y mal paridas por nuestras plumas amigas. Gracias por tu generosidad de muchacho de provincia que encontró en mí a una aliada para aventuras literarias.

Me saco el sombrero y brindo por ti, viejo. Brindo por tu andar despacito por estos lares y por cada verso sureño que escribiste. Brindo por tu letra irreverente, porfiada y deconstruida. De tus versos no escaparon los chilenismos y hasta olían a vino, a empanadas, a curanto y a chicha e’ manzana.

¡A la mierda con la corrección política y con la lengua estática, chamullenta, solemne y monárquica!

El cielo se ha puesto a llorar, amigo. No como en el sur de Chile. Acá, no se siente ese olor a leña ni a pan amasado o sopaipillas calentitas para acompañar un tecito. Tampoco la lluvia cae cantarina sobre los techos. Es más, pronto comenzará a nevar, a caer la misma nieve que te dejaba encerrado en Nesodden.

Maldito sea el exilio que, de a poco, mata.

Bendita sea la vida que nos lleva a todas partes entre dos tapas de libro.

Hasta siempre, Jorge.

Hasta siempre, poeta.

De Jorge Romero

USTED COMPRENDE, IKKE SANT?

Usted comprende ikke sant?

Que no soy noruego que tengo frío que amo otra vida

Usted comprende ikke sant?

Que aquí no son mis uvas no son mis calles no son mis horas ni hay futuro

Usted comprende ikke sant?

Que no tengo nada en contra que no odio a los perros y que los deportes de invierno me son indiferentes

Usted comprende ikke sant?

Que no quiero su vejez sino la mía

Que no deseo su democracia sino nuestra lucha

Que es tarde para nacer de nuevo y no quiero morir aquí

Que quiero volver y no puedo

Que necesito vivir

Usted comprende ikke sant?


3 de diciembre 2020

Dos de la tarde en Noruega, diez de la mañana en Chile